¿Qué ocurrió el Jueves Santo?

por | Fiestas Litúrgicas

El Jueves Santo inaugura el Triduo Pascual, el corazón del año litúrgico católico. La Cuaresma termina al inicio de la Misa de la Cena del Señor de este día, y a partir de ese momento comienza el sagrado Triduo que se extenderá hasta el Domingo de Resurrección.

El Jueves Santo la Iglesia conmemora cuatro realidades inseparables:

  • La institución de la Eucaristía en la Última Cena;
  • La institución del sacerdocio ministerial;
  • La celebración de la primera Santa Misa
  • El mandamiento del amor expresado en el lavatorio de los pies.

Por otro lado, en este día, el obispo, en comunión con todos los sacerdotes de su diócesis, realiza la bendición de los santos óleos que sostendrán la vida sacramental de toda la diócesis durante el año. Esta celebración se conoce como Misa Crismal

Muchos católicos se preguntan: ¿Es obligatorio ir a Misa el Jueves Santo? Si bien no es día de precepto, la Iglesia invita vivamente a los fieles a participar. Justamente, la Misa de la Cena del Señor es una de las celebraciones más importantes del año litúrgico.

En el Santísimo Sacramento, Jesús se entrega para permanecer para siempre con nosotros hasta el fin de los tiempos ¿Cómo no vamos a participar en la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo para darle gracias por su infinito amor que lo llevó a hacerse Eucaristía?

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Las Misas del Jueves Santo

1. La Misa Crismal

La mañana del Jueves Santo, en cada catedral del mundo, el obispo celebra la Misa Crismal rodeado de todo su presbiterio. Es una de las imágenes más bellas de la unidad de la Iglesia: todos los sacerdotes de la diócesis reunidos con su pastor, en torno al altar, para bendecir los óleos que sostendrán la vida sacramental del año.

Los tres santos óleos

En esta primera celebración del Jueves Santo se bendicen y consagran los tres óleos sagrados:

Óleo sagrado Uso sacramental Efecto espiritual
Santo Crisma Bautismo, Confirmación, Orden Sagrado, dedicación de iglesias Consagración y participación en el sacerdocio, realeza y profecía de Cristo
Óleo de los Catecúmenos Unción pre-bautismal Fortaleza para renunciar al pecado antes del Bautismo
Óleo de los Enfermos Unción de los Enfermos Alivio físico, consuelo y sanación espiritual

La renovación de las promesas sacerdotales

Uno de los momentos más conmovedores de esta Misa es cuando los sacerdotes renuevan públicamente sus promesas de ordenación. Reafirman su disposición a unirse más íntimamente a Cristo y a cumplir sus ministerios con alegría y desprendimiento. El obispo, en su homilía, les recuerda que su identidad está configurada con Cristo Ungido: son ministros de esperanza para el pueblo que Dios les confió.

El rito de consagración del crisma

El momento culminante es la consagración del Santo Crisma. El obispo derrama perfumes en el aceite de oliva para simbolizar el «buen olor de Cristo» que deben irradiar los bautizados. Luego sopla sobre la boca del ánfora, recordando el aliento del Espíritu en la creación.

En ese instante, todos los sacerdotes presentes extienden su mano derecha hacia el crisma mientras el obispo pronuncia la oración consagratoria. Es un gesto de enorme belleza teológica: expresa visiblemente que es un solo sacerdocio el que actúa en la Iglesia para la santificación del pueblo de Dios.

La Santa Misa de la Cena del Señor

Al caer la tarde del Jueves Santo, la Iglesia se reúne para la Misa vespertina in Coena Domini. Es la celebración que marca el inicio oficial del Triduo Pascual, y posee una estructura única que no se repite en ningún otro momento del año litúrgico.

El Gloria y el silencio de las campanas

Al inicio de la celebración se entona el Gloria con solemnidad. Mientras se canta, las campanas repican por última vez. Una vez terminado el himno, enmudecen. No volverán a sonar hasta la Vigilia Pascual. Es uno de los silencios más elocuentes del año litúrgico.

Las lecturas del Jueves Santo: de la Pascua judía a la Nueva Alianza

1° Lectura: Éxodo 12, 1-8.11-14

La primera lectura (Éxodo 12, 1-8.11-14) describe las prescripciones de la Pascua judía, el banquete que precedió a la liberación de Egipto. Jesús, al celebrar la Última Cena dentro de ese marco ritual, asume el lugar del Cordero Pascual, cuya sangre no libera de la esclavitud física, sino del pecado y de la muerte eterna.

El Señor dijo a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto: «Este mes será para ustedes el mes inicial, el primero de los meses del año. Digan a toda la comunidad de Israel: 

«El diez de este mes, consíganse cada uno un animal del ganado menor, uno para cada familia. Si la familia es demasiado reducida para consumir un animal entero, se unirá con la del vecino que viva más cerca de su casa. En la elección del animal tengan en cuenta, además del número de comensales, lo que cada uno come habitualmente.

Elijan un animal sin ningún defecto, macho y de un año; podrá ser cordero o cabrito. Deberán guardarlo hasta el catorce de este mes, y a la hora del crepúsculo, lo inmolará toda la asamblea de la comunidad de Israel. Después tomarán un poco de su sangre, y marcarán con ella los dos postes y el dintel de la puerta de las casas donde lo coman. Y esa misma noche comerán la carne asada al fuego, con panes sin levadura y verduras amargas.

Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano. Y lo comerán rápidamente: es la Pascua del Señor.

Esa noche yo pasaré por el país de Egipto para exterminar a todos sus primogénitos, tanto hombres como animales, y daré un justo escarmiento a los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre les servirá de señal para indicar las casas donde ustedes estén. Al verla, yo pasaré de largo, y así ustedes se librarán del golpe del Exterminador, cuando yo castigue al país de Egipto.

Este será para ustedes un día memorable y deberán solemnizarlo con una fiesta en honor del Señor. Lo celebrarán a lo largo de las generaciones como una institución perpetua.»»

Salmo 115, 12-13.15-16bc.17-18

R. ¿Con que pagaré al Señor
todo el bien que me hizo?

 

O bien:

 

R. El cáliz que bendecimos
es la comunión de la Sangre de Cristo.

 

¿Con qué pagaré al Señor
todo el bien que me hizo?
Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el nombre del Señor. R.

 

¡Qué penosa es para el Señor
la muerte de sus amigos!
Yo, Señor, soy tu servidor,
tu servidor, lo mismo que mi madre:
por eso rompiste mis cadenas. R.

 

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
e invocaré el nombre del Señor.
Cumpliré mis votos al Señor,
en presencia de todo su pueblo. R.

Segunda Lectura: 1 Cor 11, 23-26

San Pablo, en la segunda lectura (1 Corintios 11, 23-26), transmite la tradición eucarística iniciada el Jueves Santo como el núcleo de la vida cristiana:

Hermanos: Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente:
El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía.»
De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memora mía.»
Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.

Evangelio: Jn 13, 1-15

El Evangelio (Juan 13, 1-15) completa el cuadro con el gesto que lo cambia todo: Jesús se humilla y lava los pies de sus discípulos en la cena del Jueves Santo.

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

 

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

 

Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?»
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás.»
«No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!»
Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte.»
«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!»
Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos.» El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios.»

 

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.»

El Lavatorio de los Pies

Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que venía de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y comenzó a lavar los pies de sus discípulos. Un gesto reservado a los esclavos en la cultura de la época. Una lección magistral de humildad, servicio y amor.

Este rito, conocido como el Mandatum, fue reformado por el Papa Francisco en 2016 mediante el decreto In Missa in Cena Domini. Desde entonces, los elegidos para el lavatorio del Jueves Santo pueden ser designados de entre todo el Pueblo de Dios: hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, sanos o enfermos. El mandato del servicio no conoce distinciones.

¿Por qué el sacerdote se quita la casulla para el lavatorio? Al despojarse del ornamento que identifica su función presidencial, el sacerdote actúa no solo como Cristo Cabeza, sino también como Cristo Siervo, recordando que el mayor entre los cristianos debe ser el servidor de todos.

La reserva del Santísimo y el Monumento

Al finalizar la comunión, la celebración no concluye con la bendición habitual. En su lugar se organiza una procesión solemne para trasladar el copón con las hostias consagradas hacia un altar de reserva o Monumento. El sacerdote, cubierto con el velo humeral, lleva el Santísimo precedido por incienso y cirios mientras se canta el himno eucarístico Pange Lingua.

¿Qué es el Monumento del Jueves Santo? Es el altar de reserva donde queda expuesta la Eucaristía para la adoración de los fieles. Las normas litúrgicas prohíben expresamente que tenga forma de sepulcro: su propósito es resaltar la presencia viva de Cristo, no representar su sepultura, que se conmemora el Sábado Santo. La adoración eucarística se prolonga hasta la medianoche.

El despojo del altar

Terminada la procesión, se procede al denudatio altaris: el despojo del altar. Se retiran los manteles, se quitan las floresy las cruces se cubren con un velo rojo o morado. El altar desnudo es una de las imágenes más elocuentes de toda la liturgia cristiana. Evoca la desposesión absoluta de Cristo, abandonado por sus discípulos y despojado de sus vestiduras antes de la crucifixión. 

Meditación: Sacrificios de Jesús en la Eucaristía por San Pedro Julián Eymard

¿Cuáles son los caracteres distintivos del amor? Uno solo: el sacrificio. El amor se conoce por los sacrificios que inspira o que acepta gustoso.

Un amor sin sacrificios es una palabra sin sentido, un egoísmo disfrazado.

¿Queremos conocer la grandeza del amor de Jesús para con los hombres en el misterio de la Eucaristía? Pues veamos los sacrificios que ha tenido que imponerse para realizarlo. Son los mismos que aceptó el Hombre-Dios al tiempo de su pasión. Ahora como entonces, Jesucristo inmola su vida civil, su vida natural y su vida divina.

I

Durante la pasión, a la que le impulsaba su inmenso amor hacia nosotros, Jesucristo fue excluido de la ley; su pueblo reniega de Él y le calumnia, mas Él no pronuncia una sola palabra para defenderse; se pone a merced de sus enemigos y nadie le protege, mas Él no alega los derechos del último de los acusados. Todos sus derechos de ciudadano y de hombre honrado los inmola por la salvación y el amor de su pueblo.

En la Eucaristía, Jesús acepta y continúa los mismos sacrificios. Inmola su vida civil, por cuanto está sin derecho alguno; la ley ni siquiera le reconoce su personalidad; al que es Dios y Hombre a la vez, al Salvador de los hombres, apenas si las naciones por Él redimidas le consagran una sola palabra en sus códigos. Vive en medio de nosotros y es desconocido. “Medias autem vestrum stetit quem vos nescitis”. 

Tampoco se le conceden honores públicos. En muchos países hasta se ha suprimido la fiesta del Corpus. Jesucristo no puede salir, no puede mostrarse en público. ¡Tiene que esconderse, porque el hombre se avergüenza de Él! Non novi hominem!, ¡no le conozco! ¿Y sabéis quiénes son los que se avergüenzan de Jesucristo? ¿Serán acaso los judíos, o tal vez los mahometanos? No, ¡son cristianos!

La sagrada Eucaristía se encuentra sin defensa ni protección humanas. Mientras no perturbéis e impidáis el ejercicio público del culto, ya podéis injuriar a Jesús y cometer los sacrilegios que queráis: son cosas en que nada tienen que ver las autoridades.

Por tanto, Jesús sacramentado queda sin defensa por parte de los hombres.

Pero ¿no vendrá el cielo en su defensa? Tampoco. Lo mismo que en el palacio de Pilatos y en casa de Caifás, Jesús es entregado por su Padre a la voluntad de los pecadores. Jesum vero tradidit voluntati eorum.

¿Es posible que Jesucristo supiese todo esto al instituir la Eucaristía y que con todo escogiese libremente ese estado? Sí; lo hizo así para servirnos de modelo en todo y ser nuestro consolador en las persecuciones y penalidades de la vida.

Así ha de permanecer hasta el fin del mundo, dándonos ejemplo y auxiliando con su gracia a cada uno de sus hijos. ¡Tanto nos ama!

II

Al sacrificio de sus derechos, añade Jesús en su pasión la inmolación de todo aquello que constituye al hombre: inmola su voluntad, la bienaventuranza de su alma, que permitió fuese presa de tristeza sin igual, de su vida entera acabada en la cruz.

Y cual si fuese poco haberse inmolado así una vez, en la Sagrada Eucaristía continúa renovando místicamente esta muerte natural.

Para inmolar la propia voluntad, obedece a su criatura el que es Dios; al súbdito el que es rey, al esclavo su libertador. Obedece a los sacerdotes, a los fieles, a los justos y a los pecadores, sin resistencia ni violencia ninguna, aun a sus mismos enemigos y a todos con la misma prontitud. No solamente en la Misa, cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, sino también en todos los momentos del día y de la noche, según las necesidades de los fieles. Su estado permanente es pura y simplemente un estado de obediencia. ¿Es ello posible? ¡Oh, si comprendiera el hombre el amor de la Eucaristía!

Durante su pasión Jesús estuvo atado, perdió su libertad: en la Eucaristía se ata a sí mismo; a  manera de férreas cadenas, le han sujetado sus promesas absoluta y perpetuamente, y le han unido inseparablemente a las sagradas especies las palabras de la consagración. Se halla en el Santísimo Sacramento sin movimiento propio, sin acción, como en la cruz y como en el sepulcro, aunque posea la plenitud de la vida que resucita.

Jesús está, en absoluto, bajo la dependencia del hombre, como prisionero de amor; no puede romper sus ligaduras ni abandonar su prisión eucarística. Se ha constituido prisionero nuestro hasta el fin de los siglos. ¡A tanto se ha obligado y a tanto se extiende el contrato de su amor!

En cuanto a la bienaventuranza de su alma, claro está que, una vez resucitado, no puede suspender como en Getsemaní sus arrobamientos y goces; pero pierde su felicidad en los hombres, y en aquellos de sus miembros indignos, como son los malos cristianos. ¡Cuántas veces se corresponde a Jesús con la ingratitud y el ultraje! ¡Cuántas y cuántas imitan los cristianos la conducta de los judíos! Jesús lloró una vez sobre la ciudad culpable de Jerusalén; si ahora pudiese llorar en el Santísimo Sacramento, ¡cuántas lágrimas le harían derramar nuestros pecados y la perdición eterna de los que se condenan! ¡Cómo nos ama más, le aflige en mayor grado la ruina nuestra que la de los judíos!

Por fin, no pudiendo morir realmente en la sagrada Hostia, Jesús toma al menos un estado de muerte aparente. Se consagran separadamente las sagradas especies para significar el derramamiento de su preciosísima sangre, que al salir del cuerpo le ocasionó muerte tan dolorosa.

Se nos da en la santa Comunión; las sagradas especies son consumidas y como aniquiladas en nosotros.

Finalmente, Jesús se expone también a perder la vida sacramental cuando los impíos profanan y destruyen las santas especies.

Los pecadores que le reciben indignamente le crucifican de nuevo en su alma y le unen al demonio, dueño absoluto de sus corazones. Rursum crucifigentes sibimetipsis Filium Dei. Esto es […] crucifican de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios […](Heb 6, 6).

III

Jesús inmola también en la Eucaristía su vida natural cuanto lo permite su estado glorioso.

En la pasión no perdonó su vida divina; tampoco la perdona en la Eucaristía. Porque ¿qué gloria, qué majestad, qué poder aparecen en los tormentos de su pasión? Allí no se ve sino al varón de dolores, al maldito de Dios y de los hombres, a Aquel de quien había dicho Isaías que no le podía reconocer, desfigurada como estaba su faz augusta por las llagas y las salivas.

Jesús, en su pasión, no dejó ver más que su amor. ¡Desgraciados aquellos que no quisieron reconocerle! Preciso fue que un ladrón, un facineroso, le adorase como a Dios y proclamase su inocencia, y que la naturaleza llorase a su criador.

En el Sacramento continúa Jesús con más amor todavía el sacrificio de sus atributos divinos.

De tanta gloria y de tanto poder como tiene sólo vemos una paciencia más que suficiente para escandalizarnos, si no supiésemos que su amor al hombre es infinito, llegando hasta la locura. Insanis, Domine!

Con cuyo proceder parece este dulce Salvador querer decirnos: ¿Acaso no hago lo bastante para merecer vuestro amor? ¿Qué más puedo hacer? ¡Indagad qué sacrificio me queda por consumar!

¡Desgraciados aquellos que menosprecian tanto amor! Se comprende que el infierno no sea castigo excesivo para ellos.

Pero dejemos esto… La Eucaristía es la prueba suprema del amor de Jesús al hombre, por cuanto constituye el supremo sacrificio.

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¿El Jueves Santo qué es?

El Jueves Santo es el primer día del Triduo Pascual y una de las jornadas más sagradas del año litúrgico católico. Se celebra el jueves antes del Domingo de Resurrección y conmemora la Última Cena de Jesucristo con sus apóstoles, la institución de la Eucaristía y la creación del sacerdocio ministerial. En este día la Cuaresma llega a su fin y comienza el tiempo más santo del calendario cristiano.

¿Qué es lo que se celebra el Jueves Santo?

El Jueves Santo celebra tres misterios fundamentales de la fe católica: la institución de la Eucaristía, cuando Jesús entregó su Cuerpo y Sangre bajo las especies del pan y el vino; la institución del sacerdocio de la Nueva Alianza; y el mandato del amor fraterno, expresado en el lavatorio de los pies. Por la mañana, la Iglesia celebra además la Misa Crismal, en la que el obispo bendice los santos óleos que se usarán en los sacramentos durante todo el año.

¿Qué hizo Jesús el Jueves Santo según la Biblia?

Según los Evangelios y la carta de San Pablo a los Corintios, el Jueves Santo Jesús reunió a sus doce apóstoles para celebrar la cena pascual. Durante la cena tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo entregó diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19). Hizo lo mismo con el cáliz. Luego se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y lavó los pies de sus discípulos, diciéndoles: «Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo que yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15). Después partió con ellos hacia el Huerto de Getsemaní, donde oró hasta el momento de su arresto.

¿Qué es lo más importante del Jueves Santo?

Lo más importante del Jueves Santo es la institución de la Eucaristía. En la Última Cena, Jesús entregó a su Iglesia el memorial vivo de su muerte y resurrección: cada vez que se celebra la Misa, ese mismo sacrificio se hace presente de manera incruenta. Junto a la Eucaristía, el Jueves Santo también celebra el origen del sacerdocio cristiano, ya que fue en esa misma cena donde Jesús confirió a sus apóstoles el mandato de hacer lo que Él hizo «en su memoria». Ambos misterios son inseparables: sin el sacerdocio no hay Eucaristía, y sin la Eucaristía la Iglesia no puede vivir.

¿Cuál es el significado del Jueves Santo?

El significado del Jueves Santo es el del amor llevado hasta el extremo. En este día Jesús instituye la Eucaristía — el don de sí mismo bajo el pan y el vino — y lava los pies de sus discípulos, mostrando que el amor cristiano auténtico se expresa en el servicio. El Jueves Santo no es un recuerdo del pasado sino una realidad viva: cada vez que la Iglesia celebra la Misa, actualiza ese mismo misterio de entrega y amor que Jesús inauguró en el Cenáculo la noche antes de su Pasión.

¿Se puede comer carne el Jueves Santo?

Sí. El Jueves Santo no es día de abstinencia de carne. La abstinencia obligatoria corresponde al Viernes Santo. Además, es un día de alegría y celebración por la institución de la Eucaristía. 

¿Se puede recibir la comunión el Jueves Santo?

Sí, dentro de la Misa de la Cena del Señor. Fuera de la Misa, también puede distribuirse la comunión a los enfermos que no puedan asistir a la celebración.

¿Dónde puedo encontrar Misas de Jueves Santo cerca de mí?

La app Horarios de Misa permite ubicar iglesias católicas cercanas y consultar horarios de Misa, confesión y adoración en tiempo real. 

¿Cuándo se celebra el Jueves Santo 2026?

En 2026, el Jueves Santo se celebrará el 2 de abril. Con este día culmina la Semana Santa que celebra la Resurrección Gloriosa del Señor.

¿A qué hora es la Misa del Jueves Santo?

La Misa de la Cena del Señor es una celebración vespertina. El Misal Romano indica que no puede comenzar antes de las 18:00 horas, aunque la hora exacta varía según cada parroquia. Consultá los horarios actualizados en la app Horarios de Misa.

¿Hasta qué hora se puede visitar el Monumento?

La adoración solemne ante el Monumento se extiende hasta la medianoche del Jueves Santo. A partir de ese momento, la adoración puede continuar, pero sin solemnidad, ya que ha comenzado litúrgicamente el Viernes de la Pasión del Señor.