Para los cristianos, el Domingo de Pascua es la «fiesta de las fiestas», ya que celebramos la gloriosa resurrección de Nuestro Señor. En este día culmina la misión terrenal de Jesús, ya que con su resurrección ha vencido definitivamente a la muerte y el pecado. La muerte ya no tiene la última palabra. Con su Pasión, Muerte y Resurrección, Jesucristo nos ha salvado de la condenación y ha abierto las puertas del paraíso. Así la Resurrección confirma la naturaleza divina de nuestro Redentor.
La resurrección es un hecho histórico, verificable. Fue atestiguado por los discípulos y por las mujeres que encontraron la tumba vacía. San Pablo enseña:
Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes y sus pecados no han sido perdonados. (1 Cor 15, 14, 17b)
La fe en la resurrección fue la que dio fortaleza a los apóstoles para anunciar la Buena Noticia a pesar de las persecuciones. Y también esta fe impulsó a los mártires a dar su vida por el Señor. Los 2000 años de historia y supervivencia de la Iglesia son prueba más que evidente de esta verdad.
Y para probar que realmente había resucitado, Jesús se apareció a muchos el Domingo de Pascua. Así lo afirma San Pablo:
Les he transmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce. Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto. (1 Cor 15, 4-8)
¿Sabías que el Evangelio narra cinco apariciones de Jesús el Domingo de Pascua? ¿Y, que algunos santos hablan de una sexta aparición? Continúa leyendo este post para conocer más.
Apariciones de Jesús el Domingo de Pascua
1. A María Santísima
Si bien no está escrito en el Evangelio, muchos santos han afirmado que la primera persona a quien Jesús se apareció al resucitar fue a su Santísima Madre. Y esto es lógico porque seguramente el Señor desearía consolar en primer lugar a su Madre, quien había sufrido terriblemente su muerte.
Místicos, como la Beata Ana Catalina Emmerick, narran este encuentro:
Mientras la Santísima Virgen oraba interiormente llena de un ardiente deseo de ver a Jesús, un ángel vino a decirle que fuera a la pequeña puerta de Nicodemo, porque Nuestro Señor estaba cerca. El corazón de María se inundó de gozo; se envolvió en su manto y se fue, dejando allí alas santas mujeres sin decir nada a nadie. Le vi encaminarse deprisa hacia la pequeña puerta de la ciudad por donde había entrado con sus compañeras al volver del sepulcro.
Caminaba con pasos apresurados, cuando la vi detenerse de pronto en un sitio solitario. Miró a lo alto de la muralla de la ciudad y el alma de Nuestro Señor, resplandeciente, bajó hasta su Madre acompañada de una multitud de almas y patriarcas. Jesús, volviéndose hacia ellos dijo: «He aquí a María, he aquí a mi Madre». Pareció darle un beso y luego desapareció.
En el mismo instante en que un ángel entraba en el sepulcro y la tierra temblaba vi a Nuestro Señor resucitado apareciéndose a su Madre en el Calvario; estaba hermoso y radiante. Su vestido que parecía una copa, flotaba tras Él, era de un blanco azulado, como el humo visto a la luz del sol. Sus heridas resplandecían, y se podían ver a través de los agujeros de las manos. Rayos luminosos salían de las puntas de sus dedos.
Las almas de los patriarcas se inclinaron ante la Madre de Jesús. El Salvador mostró sus heridas a su Madre, que se posternó para besar sus pies, mas Él la levantó y desapareció. Se veían luces de antorchas a lo lejos cerca del sepulcro, y el horizonte se esclarecía hacia el oriente, encima de Jerusalén.
La Santa Virgen cayó de rodillas y besó el lugar donde había aparecido su Hijo. Debían ser las nueve de la noche. Sus rodillas y sus pies quedaron marcados sobre la piedra. La visión que había tenido la había llenado de un gozo indecible. Y regresó confortada junto a las santas mujeres, a quienes halló ocupadas en preparar ungüentos y perfumes. No les dijo lo que había visto, pero sus fuerzas se habían renovado, consoló a las demás y las fortaleció en su fe.
2. A María Magdalena
Fue la primera aparición en la mañana de Pascua cerca del sepulcro. María Magdalena había ido al sepulcro de madrugada cuando todavía estaba oscuro. Y se encontró con que la piedra había sido removida.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y Juan para avisarles que se habían llevado el cuerpo del Señor y que no sabían dónde lo habían puesto. Ambos apóstoles se dirigieron al sepulcro y vieron la escena.
Pero, todavía no habían comprendido que Cristo debía resucitar de entre los muertos y, por ello, regresaron a la casa. San Juan narra:
María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.
Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo».
Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!».
Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes».
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras. (Jn 20, 11-18)
3. A las Santas Mujeres
Jesús les salió al encuentro mientras ellas se retiraban del sepulcro para dar la noticia a los discípulos. Así lo relata San Mateo:
Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Angel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos.
El Angel dijo a las mujeres: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán». Esto es lo que tenía que decirles».
Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos. De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense». Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él.
Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán». (Mt 28, 1-10)
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4. A Simón Pedro
Jesús se apareció a Pedro antes que al resto de los Doce. Este encuentro no se describe en detalle, pero sí es testimoniado por los discípulos.
«Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». (Lc 28, 34b)
5. A los Discípulos de Emaús
Por la tarde, Jesús se apareció a los discípulos que se dirigían a Emaús:
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojo lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.
Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les había aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (Lc 24, 13-35)
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6. A los Doce Apóstoles sin Tomás
Ya entrada la noche y mientras los discípulos de Emaús narraban lo acontecido, Jesús se presentó en medio de ellos, que estaban reunidos a puerta cerrada en Jerusalén por miedo a los judíos.
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!». El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré». (Jn 20, 19-25)
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Homilía Domingo de Pascua de Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
«Ha sido inmolado Cristo, nuestra Pascua» (1 Co 5,7). Resuena en este día la exclamación de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura, tomada de la primera Carta a los Corintios. Un texto que se remonta a veinte años apenas después de la muerte y resurrección de Jesús y que, no obstante, contiene en una síntesis impresionante —como es típico de algunas expresiones paulinas— la plena conciencia de la novedad cristiana.
El símbolo central de la historia de la salvación — el cordero pascual — se identifica aquí con Jesús, llamado precisamente «nuestra Pascua». La Pascua judía, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, prescribía el rito de la inmolación del cordero, un cordero por familia, según la ley mosaica. En su pasión y muerte, Jesús se revela como el Cordero de Dios «inmolado» en la cruz para quitar los pecados del mundo; fue muerto justamente en la hora en que se acostumbraba a inmolar los corderos en el Templo de Jerusalén.
El sentido de este sacrificio suyo, lo había anticipado Él mismo durante la Última Cena, poniéndose en el lugar —bajo las especies del pan y el vino— de los elementos rituales de la cena de la Pascua. Así, podemos decir que Jesús, realmente, ha llevado a cumplimiento la tradición de la antigua Pascua y la ha transformado en su Pascua.
A partir de este nuevo sentido de la fiesta pascual, se comprende también la interpretación de san Pablo sobre los «ázimos». El Apóstol se refiere a una antigua costumbre judía, según la cual en la Pascua había que limpiar la casa hasta de las migajas de pan fermentado. Eso formaba parte del recuerdo de lo que había pasado con los antepasados en el momento de su huída de Egipto: teniendo que salir a toda prisa del país, llevaron consigo solamente panes sin levadura.
Pero, al mismo tiempo, «los ázimos» eran un símbolo de purificación: eliminar lo viejo para dejar espacio a lo nuevo. Ahora, como explica san Pablo, también esta antigua tradición adquiere un nuevo sentido, precisamente a partir del nuevo «éxodo» que es el paso de Jesús de la muerte a la vida eterna.
Y puesto que Cristo, como el verdadero Cordero, se ha sacrificado a sí mismo por nosotros, también nosotros, sus discípulos —gracias a Él y por medio de Él— podemos y debemos ser «masa nueva», «ázimos», liberados de todo residuo del viejo fermento del pecado: ya no más malicia y perversidad en nuestro corazón.
«Así, pues, celebremos la Pascua… con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad». Esta exhortación de san Pablo con que termina la breve lectura que se ha proclamado hace poco, resuena aún más intensamente en el contexto del Año Paulino.
Queridos hermanos y hermanas, acojamos la invitación del Apóstol; abramos el corazón a Cristo muerto y resucitado para que nos renueve, para que nos limpie del veneno del pecado y de la muerte y nos infunda la savia vital del Espíritu Santo: la vida divina y eterna.
En la secuencia pascual, como haciendo eco a las palabras del Apóstol, hemos cantado: «Scimus Christum surrexisse / a mortuis vere» —sabemos que estás resucitado, la muerte en ti no manda. Sí, éste es precisamente el núcleo fundamental de nuestra profesión de fe; éste es hoy el grito de victoria que nos une a todos. Y si Jesús ha resucitado, y por tanto está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él? ¿Quién podrá privarnos de su amor que ha vencido al odio y ha derrotado la muerte?
Que el anuncio de la Pascua se propague por el mundo con el jubiloso canto del aleluya. Cantémoslo con la boca, cantémoslo sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo de vida «ázimo», simple, humilde, y fecundo de buenas obras. «Surrexit Christus spes mea: / precedet vos in Galileam» — ¡Resucitó de veras mi esperanza! Venid a Galilea, el Señor allí aguarda. El Resucitado nos precede y nos acompaña por las vías del mundo. Él es nuestra esperanza, Él es la verdadera paz del mundo. Amén.
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¿Qué se celebra el Domingo de Pascua?
En el Domingo de Pascua se celebra la Resurrección de Jesucristo al tercer día de haber sido crucificado.
¿Qué se puede hacer el Domingo de Pascua?
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Participar en la Eucaristía: La actividad central es asistir a Misa, ya sea en la solemne Vigilia Pascual (celebrada la noche anterior) o en la Misa del Día de Pascua.
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Renovar las promesas bautismales: Es una práctica litúrgica común en la que los fieles renuncian al pecado y reafirman su fe.
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Acompañar procesiones: En muchas culturas se realiza la «Procesión del Encuentro», donde imágenes de Cristo Resucitado y la Virgen María se reúnen para simbolizar la alegría de la Iglesia.
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Celebrar en familia: Es tradición compartir una comida especial, que suele incluir cordero u otros alimentos que estuvieron prohibidos durante la abstinencia de Cuaresma.
¿Qué tienen que ver el huevo y el conejo con la Pascua?
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El Huevo: Simboliza la tumba vacía de Cristo.
Así como una vida nueva rompe el cascarón para nacer, la roca del sepulcro se resquebrajó para que Jesús resucitara. Históricamente, también se regalaban huevos porque su consumo estaba prohibido durante la Cuaresma y el domingo era el primer día en que se podían volver a comer. -
El Conejo: Según la leyenda popular, un conejo estuvo presente en el sepulcro de Jesús y fue testigo de su resurrección.
Al comprender que se trataba del Hijo de Dios, salió a anunciar la noticia al mundo llevando huevos pintados como símbolo de vida y alegría. Para los cristianos, buscar huevos escondidos simboliza la búsqueda del Resucitado.
¿Qué es y cuánto dura el Tiempo Pascual?
El Tiempo Pascual es el período de alegría que sigue a la Resurrección.
¿Dónde puedo encontrar Misas de Domingo de Pascua cerca de mí?
La app Horarios de Misa permite ubicar iglesias católicas cercanas y consultar horarios de Misa, confesión y adoración en tiempo real.
¿Cuándo se celebra el Domingo de Pascua 2026?
En 2026, el Domingo de Pascua se celebrará el 5 de abril. Con este día culmina la Semana Santa que celebra la Resurrección Gloriosa del Señor.
