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5 Tips de San Francisco de Sales para Ser Humilde

por | Vidas santas

Para crecer en santidad, necesitamos de la gracia divina. Pero, si queremos que la gracia de Dios se derrame en nuestros corazones, es necesario tenerlos vacíos de nuestra propia gloria. La humildad nos dispone a buscar únicamente la gloria de Dios y a despojarnos de nosotros mismos; por eso, guarda y preserva en el alma las gracias y los dones del Espíritu Santo.

Todos los santos —y de modo eminente el Rey de los santos y su Santísima Madre— han honrado y amado esta virtud más que ninguna otra. No se puede ser santo si no se es humilde.

¿Quieres ser santo? Practica la humildad. ¿Cómo hacerlo? Sigue estos cinco consejos de san Francisco de Sales para crecer cada día en esta virtud.

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¿Quién era San Francisco de Sales?

San Francisco de Sales fue un obispo, pastor y doctor de la Iglesia del siglo XVII, conocido por su profunda humildad, su mansedumbre evangélica y su extraordinaria capacidad para unir fidelidad a la verdad y caridad en el trato.

Nacido en el seno de una familia noble de Saboya, recibió una formación intelectual brillante en París y Padua. Su padre tenía planes de una carrera civil y jurídica. Sin embargo, desde muy joven discernió con claridad una vocación al sacerdocio para servir a la Iglesia.

Durante años vivió un conflicto doloroso entre la obediencia filial y la llamada que percibía como voluntad de Dios. Con paciencia, respeto y firmeza interior, supo esperar el momento oportuno para manifestar su decisión, sin rupturas ni rebeldías, hasta obtener finalmente el consentimiento paterno. Ordenado sacerdote en 1593, se entregó por completo al ministerio pastoral.

Como sacerdote y luego como obispo de Ginebra  destacó por su celo apostólico en tiempos de profunda división religiosa. Evangelizó regiones fuertemente marcadas por el calvinismo, especialmente el Chablais, exponiendo incluso su vida. No recurrió nunca a la violencia ni a la polémica agresiva, sino que evangelizó mediante la predicación constante, el diálogo respetuoso, la claridad doctrinal y una dulzura perseverante que terminó ganando los corazones.

Fue un pastor incansable: predicó, confesó, escribió, visitó parroquias remotas, reformó el clero y acompañó espiritualmente a fieles de toda condición. Vivió con gran sencillez, rechazó honores y cargos prestigiosos y tuvo una especial atención por los pobres. Su autoridad se apoyaba más en el ejemplo que en el poder.

Como escritor y director espiritual, enseñó que la santidad es posible para todos, también para quienes viven en el mundo. Sus cartas y obras transmiten una espiritualidad profundamente humana, centrada en el amor de Dios, la confianza, la humildad y la mansedumbre. Junto con santa Juana Francisca de Chantal fundó el Instituto de la Visitación.

Murió en 1622. Fue canonizado en 1665 y proclamado Doctor de la Iglesia en 1877.

En los libros de San Francisco de Sales, especialmente Introducción a la vida devota y el Tratado del amor de Dios, podemos encontrar sus principales enseñanzas sobre el crecimiento espiritual.

San Francisco de Sales es recordado como un santo de la dulzura, un maestro de la humildad cristiana y un testigo de la verdad, que anunció con firmeza, pero siempre con amor.

¿Qué hizo San Francisco de Sales para ser santo?

San Francisco de Sales no llegó a la santidad por gestos espectaculares, sino por una fidelidad diaria, humilde y constante a la voluntad de Dios:

Practicó la obediencia en grado heroico

Desde joven sintió la llamada al sacerdocio, pero no la impuso con rebeldía. Obedeció a su padre al estudiar Derecho, pero sin abandonar su fin último: servir a Dios. Estudió teología en silencio, se dejó acompañar espiritualmente y aceptó caminos indirectos sin perder el rumbo. Soportó la oposición de su padre, obedeciendo en lo posible y esperando el momento oportuno. Su santidad creció en esa tensión aceptada con mansedumbre.

Supo distinguir entre obedecer por humildad y ceder cuando la conciencia, iluminada por Dios, exigía una respuesta definitiva. 

Se desprendió de lo humanamente ventajoso para abrazar el plan de Dios

Rechazó cargos civiles y eclesiásticos honoríficos, alianzas matrimoniales ventajosas y propuestas de gran poder. No despreciaba el mundo, pero se negó a dejarse gobernar por la ambición. Prefirió ser pobre, sencillo y libre para amar.

Ganó almas por su mansedumbre

En el Chablais anunció la verdad católica sin violencia ni imposición. Arriesgó la vida, soportó el rechazo y la burla, pero perseveró con paciencia. Su método fue la mansedumbre: convencer por la verdad vivida y explicada con amor. 

Era firme en la doctrina, pero suave en el trato. No confundía humildad con debilidad. Sabía que la verdad no necesita gritar para imponerse y que los corazones se ganaban más por la paciencia que por la fuerza.

Así lo reflejan muchas frases de San Francisco de Sales que invitan a ganar los corazones antes que las discusiones.

Vivió en austeridad

Como obispo, eligió una vida sobria, renunció a lo superfluo y destinó sus bienes a los pobres. Su autoridad no provenía de su rango, sino de su coherencia de vida.

Cumplió con fidelidad su deber de estado

Como laico, se dedicó de lleno a sus estudios de Derecho (pese a que no le gustaba y era consciente de que Dios lo llamaba al sacerdocio). Como sacerdote y obispo, se consagró a predicar, confesar, escribir cartas, visitar parroquias, escuchar, aconsejar… hizo extraordinario lo ordinario. Fue fiel en lo pequeño.

Se abandonó confiadamente en las manos de Dios

Su muerte resume su espiritualidad: «¡Hágase la voluntad de Dios! ¡Jesús, mi Dios y mi todo!». La santidad, para él, fue confianza plena en la infinita misericordia de Dios y amor sin reservas.

Tips de San Francisco de Sales para trabajar la humildad

1. Humildad exterior: Huir de la vanagloria

El santo comienza su camino de humildad con una advertencia directa: la vanagloria es un engaño sutil, porque muchas veces nos atribuimos méritos que no nos pertenecen o nos gloriamos de dones que no justifican orgullo alguno. Por eso afirma con claridad:

«Llamamos vana la gloria que nos atribuimos, o porque está en nosotros sin ser nuestra, o porque está en nosotros y es nuestra, sin que por ella debamos gloriarnos».

Para el santo, no todo lo que brilla es verdadero valor. La nobleza, la reputación o el prestigio social —dice— no están realmente en nosotros, sino «en nuestros predecesores o en la estima de los otros». Apoyar la propia identidad en la mirada ajena es edificar sobre arena, como se aprecia con nitidez al recorrer la biografía de San Francisco de Sales, marcada por el desapego interior a los honores.

Con una lucidez sorprendentemente actual, san Francisco de Sales en sus frases denuncia la superficialidad de quienes fundamentan su valía en lo exterior: la apariencia, la moda, las habilidades sociales o artísticas. «Otros presumen de su hermosura exterior» o de talentos pasajeros, mostrando —según él— «su gran superficialidad, pues fundamentan su valor y su reputación en tales frivolidades».

Incluso los dones más nobles pueden convertirse en ocasión de caída si no están acompañados de humildad.

El criterio del santo es claro: los dones recibidos nos ennoblecen cuando los reconocemos como regalo, pero nos desacreditan cuando los ambicionamos o los usamos para afirmarnos frente a los demás:

Por eso, quien busca la virtud por amor a Dios crece interiormente, mientras que quien persigue la apariencia termina vaciándose:

«El que ama la virtud comienza a hacerse virtuoso, pero el que persigue y ama la apariencia y el prestigio, acaba haciéndose menospreciable y reprensible».

San Francisco no propone huir del mundo ni de las responsabilidades. Se puede ocupar un cargo alto y seguir siendo humilde, siempre que el corazón no se complazca en la fama. El verdadero humilde —dice— conserva la paz tanto en el honor como en el anonimato, sin inquietarse cuando el prestigio desaparece.

En definitiva, huir de la vanagloria no es despreciarse, sino reconocerse como lo que somos: criaturas que han recibido todo, llamadas a devolverlo a Dios con sencillez y gratitud.

2. Humildad interior: Meditar en los bienes recibidos

San Francisco de Sales enseña que la humildad no consiste en negar los dones recibidos, sino en reconocer con verdad de dónde provienen. Muchos —dice— temen recordar las gracias de Dios por miedo a envanecerse, pero ese temor nace de un error espiritual. Apoyándose en santo Tomás de Aquino, afirma que para crecer en el amor de Dios es necesario considerar los bienes que Él nos ha dado, porque «cuanto más los tengamos presentes, tanto más lo amaremos».

Lejos de alimentar el orgullo, recordar las gracias recibidas nos hace más humildes, cuando lo hacemos delante de Dios:

«Nada puede hacernos más humildes delante de Dios como el considerar nuestras maldades y la multitud de bienes que de Él hemos recibido».

Por eso propone un ejercicio espiritual muy concreto: poner frente a frente la misericordia divina y nuestra propia fragilidad:

«Meditemos, pues, en lo que el Señor ha hecho por nosotros y en lo que nosotros hemos hecho contra Él».

Reconocer el bien recibido no debería inquietarnos, porque lo bueno que hay en nosotros no nos pertenece:

«Si reconocemos que lo que tenemos de bueno no es nuestro, no temamos hincharnos y llenarnos de orgullo».

Y lo ilustra con una imagen contundente y casi irónica, tan característica de las frases de San Francisco de Sales:

«Los mulos no dejan de ser bestias porque estén cargados de perfumes y regalos lujosos».

San Francisco recuerda, con san Pablo, la raíz última de la humildad cristiana:

«¿Qué tenemos de bueno que no lo hayamos recibido? Y si lo hemos recibido, ¿de qué nos vanagloriamos?» (1 Cor 4,7).

Ahora bien, si al considerar las gracias recibidas surgiera inquietud o vanidad, el santo propone un remedio sencillo y realista: recordar nuestra ingratitud, nuestras imperfecciones y miserias. No para desanimarnos, sino para volver a la verdad.

El modelo perfecto de esta humildad es la Virgen María. Ella no negó los dones de Dios, sino que los reconoció con gratitud y alabanza:

«Mi alma engrandece al Señor, porque ha hecho en mí cosas grandes» (Lc 1,46.49).

Aquí san Francisco introduce una advertencia decisiva: la humildad auténtica no se finge. No consiste en repetir que no somos nada mientras en el fondo deseamos ser admirados.

«Olvidamos que la verdadera humildad no aparenta serlo, ni habla mucho de sí misma, sino que procura esconderse a sí misma».

El verdaderamente humilde —afirma— prefiere ser menospreciado por los otros antes que proclamarse miserable, y cuando es despreciado, «no los contradice, sino que lo sufre de buena gana», porque vive en la verdad de sí mismo.

También desenmascara una falsa humildad muy frecuente: la que rechaza los bienes espirituales o el servicio a Dios con excusas piadosas. Negarse a orar, a comulgar con más frecuencia o a poner los talentos al servicio del prójimo por “humildad” no es virtud, sino —en palabras fuertes del santo— «fingida humildad, no sólo falsa, sino diabólica», porque esconde amor propio y pereza bajo apariencia de reverencia.

El humilde verdadero, en cambio, es audaz, porque confía más en Dios que en sí mismo:

«El soberbio no se arriesga a intentar nada por miedo al fracaso; pero el humilde es tanto más animoso cuanto más se reconoce incapaz».

Por eso san Francisco concluye animando a avanzar sin miedo en la vida espiritual, aceptar las gracias de Dios y, cuando la caridad lo exija, hablar con sencillez incluso del bien que Dios ha obrado en nosotros. La clave está en este principio luminoso:

«La caridad es el verdadero sol de las virtudes», y una humildad que contradice a la caridad no es verdadera humildad.

Finalmente, invita a vivir con llaneza y alegría, incluso cuando la devoción nos traiga incomprensión o desprecio:

«Compórtate tú de la misma manera —no turbándote y conservando tu alegría— si por tu vida de oración y devoción a veces tienes que sufrir el no ser comprendido».

3. Amar la propia miseria

San Francisco de Sales da aquí un paso decisivo: no basta con reconocer la propia miseria; es necesario aprender a amarla. Por eso afirma sin rodeos: «Si quieres progresar en la humildad debes amar tu propia miseria». Pero, ¿qué significa realmente amar la propia miseria?

El santo lo explica con precisión. La miseria es «la pequeñez, la bajeza y la vileza que hay en nosotros, ya la aceptemos o no»; la humildad, en cambio, es la aceptación voluntaria de esa miseria, e incluso —dice con audacia— «el amarla y gustar de ella». No se trata de despreciarse, sino de vivir en la verdad delante de Dios, actitud constante en toda la biografía de San Francisco de Sales.

El modelo supremo es la Virgen María. En el Magníficat, ella no niega su pequeñez, sino que se alegra de que Dios la haya mirado tal como es:

«Porque el Señor ha visto la humildad de su sierva».
María reconoce su bajeza y se gloría en ella, porque sabe que Dios obra grandes cosas precisamente en lo pequeño.

San Francisco distingue con agudeza entre las miserias que el mundo admira y las que desprecia. Hay sufrimientos que suscitan respeto —como la pobreza de un ermitaño— y otros que provocan menosprecio cuando afectan a personas comunes. Muchos aceptarían gustosos los primeros, pero la humildad verdadera se prueba en los segundos:

«La virtud de la humildad consiste no sólo en sobrellevar con paciencia nuestras miserias, sino los desprecios que resultan de ellas».

Aquí el santo desmonta un criterio profundamente mundano: no todas las virtudes gozan del mismo prestigio, y nosotros mismos solemos juzgarlas mal. Admiramos la valentía o la generosidad, pero despreciamos la paciencia, la mansedumbre, la simplicidad y la humildad. Sin embargo, —advierte— «influidos por el mundo», invertimos el verdadero orden de los valores.

Por eso invita a amar la virtud incluso cuando acarrea desprecio. El joven o la joven que evita conversaciones frívolas, modas seductoras o ambientes peligrosos, lejos de ser admirado, será muchas veces objeto de burla y murmuración; su sencillez será tomada por hipocresía. Y, sin embargo, amar ese menosprecio también es humildad.

San Francisco aplica esta enseñanza a situaciones muy concretas: practicar la caridad sin ser vistos, aceptar fracasos, soportar humillaciones que no provienen de culpa propia, o incluso aquellas pequeñas faltas que no son pecado pero nos rebajan ante los demás.

«Aunque debemos procurar evitarlas, una vez cometidas, antes nos deben alegrar que inquietar, por la humillación que de ellas resulta».

Incluso cuando se ha pecado, el santo distingue con claridad: el pecado debe ser detestado, pero la humillación que de él se sigue puede ser aceptada y amada:

«Si pudieses separar lo uno de lo otro, desecharías de ti el pecado, y te reservarías humildemente la humillación».

Esto no excluye la caridad. Cuando se ha ofendido a alguien, hay que reparar el daño; cuando la reputación ajena está en juego, conviene aclarar. Pero aun entonces —dice— no debemos perder de vista el bien espiritual que la humillación nos aporta, porque nos mantiene en la verdad.

San Francisco concluye con una enseñanza de gran profundidad espiritual:

«Las mejores humillaciones, las más provechosas al alma y agradables a Dios, son las que nos acontecen involuntariamente»,
aquellas que no elegimos, pero que Dios permite sabiamente, porque «Él sabe elegir mejor que nosotros». Cuanto más contrarían nuestras inclinaciones, más fecundas pueden ser.

Y señala finalmente la fuente de esta gracia: Jesucristo,

«aquel que escogió el oprobio y la muerte para engrandecernos».

El santo no oculta la dureza de este camino, pero asegura con certeza espiritual:

«Créeme, si las pones en práctica te serán dulces como la miel».

4. Conservar la buena reputación sin dejar de ser humilde

Ahora bien, san Francisco de Sales introduce un equilibrio muy fino entre humildad y buena reputación. La humildad rechaza el deseo de sobresalir, de ser preferido o alabado; pero no desprecia la buena fama, porque esta es útil para el bien del prójimo y para la perseverancia en la virtud. Conservar una reputación honesta no es vanidad, sino un acto de caridad cuando de ella depende la edificación de otros.

El peligro aparece cuando la preocupación por la fama se vuelve excesiva. Quien vive obsesionado por defender su reputación termina perdiéndola, y quien busca agradar a todos acaba desagradando a todos. Frente a las murmuraciones y calumnias injustas, san Francisco recomienda ordinariamente el desprecio sereno y el silencio, ya que la paciencia suele desarmar al murmurador más eficazmente que la defensa apasionada.

La reputación —insiste— no es la virtud, sino solo su señal exterior. Por eso, cuando la fidelidad a la virtud pone en riesgo la buena fama, debe preferirse siempre el bien interior al aplauso externo. El cristiano está llamado a servir a Dios tanto en la buena como en la mala fama, confiando en que Cristo mismo será el custodio de su honor.

Finalmente, san Francisco enseña que las humillaciones no elegidas, aquellas que la vida nos impone sin buscarlas, son las más fecundas espiritualmente. Aceptadas con fe, nos asemejan a Cristo humillado y nos introducen en una humildad verdadera, dulce y transformadora.

Dominio del Temperamento

San Francisco de Sales enseña que el verdadero dominio del temperamento no nace de la dureza ni del control violento de las pasiones, sino de la mansedumbre unida a la humildad. Ambas virtudes, simbolizadas en el santo crisma —mezcla de bálsamo y aceite—, perfuman el corazón cuando son auténticas y no meramente aparentes. La humildad ordena nuestra relación con Dios; la mansedumbre, nuestra relación con el prójimo. Y es precisamente en este trato cotidiano donde se pone a prueba la verdad de nuestro corazón.

La mansedumbre no es debilidad, sino la flor más delicada y perfecta de la caridad, pues la caridad alcanza su plenitud cuando se vuelve paciente, apacible y suave. Por eso advierte el santo que uno de los mayores engaños espirituales consiste en creer que somos humildes y mansos solo porque exteriormente lo parecemos. La prueba decisiva llega cuando recibimos una injuria, una corrección o una murmuración: si el corazón se inflama, se endurece o se rebela, es señal de que esas virtudes no han echado raíces profundas.

La ira, incluso cuando se presenta como “justa”, es un enemigo peligroso. San Francisco de Sales aconseja no abrirle nunca la puerta, ni siquiera un resquicio, porque una vez admitida se apodera del alma con rapidez, como la serpiente que arrastra todo su cuerpo allí donde logra introducir la cabeza. El hombre airado, dice la Escritura, no practica la justicia de Dios, y casi nunca reconoce su propio desorden mientras está dominado por la pasión.

El santo insiste en que la corrección hecha con ira pierde su eficacia, aun cuando tenga razón en el contenido. La razón persuade; la pasión tiraniza. Por eso, cuando es necesario corregir o reprender, especialmente a quienes están a nuestro cargo, debe hacerse con suavidad y serenidad. Nada aplaca tanto un corazón alterado como la mansedumbre, así como la vista de un cordero calma al elefante enfurecido. La corrección razonable es aceptada; la corrección airada hiere, humilla y deja resentimiento.

Ahora bien, dominar el temperamento no significa reprimir la ira con violencia interior. San Francisco de Sales propone un camino más delicado y eficaz: combatir la cólera con suavidad, sin aspereza, sin gritos interiores, sin dureza contra uno mismo. Quien intenta sofocar su enojo de manera brusca solo provoca mayor alboroto en su alma. En cambio, el primer paso es una determinación tranquila de no dejarse arrastrar, seguida de la humilde invocación a Dios: pedir auxilio, como los apóstoles en la tempestad, para que Cristo calme el oleaje interior.

Cuando, pese a todo, la ira se manifiesta, el santo aconseja reparar inmediatamente con un gesto de bondad y delicadeza hacia la persona ofendida. Las heridas recientes sanan más fácilmente, y un acto contrario de mansedumbre tiene fuerza medicinal sobre el alma.

Este ejercicio no se limita al trato con los demás. San Francisco de Sales insiste en algo esencial: debemos ser mansos también con nosotros mismos. La dulzura debe reinar en el interior del alma y en el ámbito familiar, evitando la incoherencia de quienes parecen amables en público pero se vuelven ásperos y desordenados en lo íntimo. El dominio del temperamento es integral o no es verdadero.

En definitiva, la ira no es útil para nada. No construye, no persuade, no santifica. La mansedumbre, en cambio, gobierna el corazón, ordena las pasiones y nos hace semejantes a Cristo, manso y humilde de corazón. Quien aprende a cerrar la puerta a la cólera y a caminar con suavidad descubre una libertad interior profunda y una paz que ningún arrebato puede ofrecer.

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¿Quieres crecer en virtudes imitando a los santos? Echa un vistazo a estos artículos que podrán ayudarte:

¿Qué es lo que más caracteriza a San Francisco de Sales?

San Francisco de Sales se caracteriza principalmente por su mansedumbre, humildad y caridad pastoral. Fue un santo de trato dulce, paciente y cercano, incluso en medio de grandes dificultades. Supo unir una profunda vida espiritual con una extraordinaria delicadeza en el trato con las personas, enseñando que la santidad es posible en la vida cotidiana.

¿Qué nos enseñó San Francisco de Sales?

San Francisco de Sales nos enseñó que todos estamos llamados a la santidad, cada uno según su estado de vida. Insistió en que la verdadera devoción no consiste en prácticas extraordinarias, sino en amar a Dios con un corazón humilde, manso y fiel, viviendo las virtudes cristianas en lo ordinario. También enseñó a dominar el temperamento, a huir de la ira y a practicar la caridad con paciencia.

¿Qué se le pide a San Francisco de Sales?

Se le pide especialmente mansedumbre de corazón, humildad, dominio del carácter y paz interior. Muchos fieles acuden a él para aprender a tratar con caridad a los demás, para vencer la ira y la impaciencia, y para crecer en una vida espiritual equilibrada y perseverante.

¿Qué hizo San Francisco de Sales para ser santo?

San Francisco de Sales alcanzó la santidad viviendo con fidelidad heroica las virtudes cristianas, especialmente la humildad y la mansedumbre. Aceptó humillaciones, soportó calumnias, trabajó incansablemente por la conversión de las almas y se abandonó plenamente a la voluntad de Dios. Todo lo hizo con dulzura, confianza en la gracia y un amor constante a Cristo.

¿Qué día se celebra a San Francisco de Sales?

La Iglesia celebra la fiesta de San Francisco de Sales el 24 de enero. Es patrono de los escritores, periodistas y comunicadores católicos.

¿Qué es la humildad?

La humildad es la virtud por la cual reconocemos nuestra pequeñez y dependencia total de Dios, aceptando con verdad lo que somos delante de Él. No consiste en despreciarnos, sino en vivir en la verdad: todo bien que tenemos es don de Dios, y a Él debe dirigirse toda la gloria.

¿Qué es la mansedumbre?

La mansedumbre es la virtud que modera la ira y ordena nuestras reacciones, permitiéndonos tratar a los demás con dulzura, paciencia y paz. Es fruto de la caridad y se manifiesta en un corazón sereno, capaz de corregir sin violencia y de soportar injurias sin perder la calma.