¿Qué es la Misa y qué Milagros ocurren en ella?

por | Vida espiritual

¿Participas dominicalmente de la celebración eucarística? ¿Sabes qué es la Misa? ¿Has escuchado sobre los milagros invisibles que ocurren en ella? En este artículo te revelaremos no solo qué es la Misa, sino los asombrosos milagros que, aunque no puedas ver, realmente suceden en el altar.

Para entender qué es la Misa, recurramos a la etimología de esta palabra. Misa, viene del latín missa que significa ‘despedida’ o ‘envío’. Como enseñaba San Buenaventura, durante la Eucaristía, Dios Padre envía a su Hijo al altar y, a cambio, la Iglesia envía a Cristo al Padre para que interceda por nosotros. Aquí ocurre el primer milagro. No vemos a Dios Padre enviando a su Hijo. Sin embargo, por fe, creemos que esto ocurre. 

Para los santos, la Misa era un tesoro de gracias. Un regalo tan grande solo puede describirse con palabras encendidas. San Leonardo del Porto Maurizio en su precioso librito El Tesoro Escondido de la Santa Misa  la define así:

Es el sol del mundo cristiano, el alma de la fe, el centro de la Religión Católica, hacia el cual convergen todos los ritos, todas las ceremonias y todos los Sacramentos; en una palabra, es el compendio de todo lo bueno, de todo lo que bello que hay en la Iglesia de Dios.

Puedes utilizar la aplicación Horarios de Misa para encontrar la iglesia católica más cercana con horarios de Misa, Confesión y Adoración ¡Seguro te servirá! Descárgala ahora.

El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz

¿Qué es la Misa? Según el Catecismo de la Iglesia Católica, es el

memorial de la pasión y de la resurrección del Señor que actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador (CIC. 1330).

El sacrificio de la Misa es exactamente el mismo que se ofreció sobre la cruz. Nuestro Señor, se inmola, renovando místicamente su muerte. Pero no vuelve a morir, ya que Él ha resucitado. El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que se ofreció en el Calvario, es el que se ofrece ahora en cada Eucaristía.

Pero, existe una gran diferencia. Mientras que el sacrificio del Calvario fue sangriento y se ofreció una sola vez por los pecados del mundo, el sacrificio del altar es incruento y puede ser renovado infinitas veces para la salvación de toda la humanidad. El Calvario fue el medio para nuestra redención. Mientras que en la Santa Misa se aplican los frutos de la Pasión. Por ello, la Iglesia enseña que:

Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que «Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado» (1Co 5, 7), se realiza la obra de nuestra redención (LG 3).

Por lo tanto, podemos afirmar que cuando asistimos a la Santa Misa, ascendemos al Calvario para contemplar la muerte del Señor. 

Cristo mismo preside la Santa Misa

Nuestro Señor preside invisiblemente toda celebración eucarística. Él instituyó el sacrificio eucarístico y se ofreció como víctima inmolada por nuestra salvación. Jesús le comunica toda la eficacia en virtud de sus méritos infinitos. San Leonardo nos enseña:

En todo tiempo, todos los días y a todas horas este Sacerdote Santo ofrece a su Eterno Padre su Cuerpo, Su Sangre, su Alma y a sí mismo, todo por nosotros, y tantas veces como Misas se celebren en todo el universo. 

En cada Misa Jesucristo convierte el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima. Muchos santos han tenido la enorme gracia de verlo con sus propios ojos. 

Recuerda, cada vez que el sacerdote consagra las especies, en ese instante, el mismo Jesucristo desciende y convierte el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre. Imagínalo allí, en el altar, ofreciéndose por ti. 

La Santa Misa es el mayor de todos los milagros

¿Qué es la Santa Misa? Podemos afirmar que es el gran milagro:

Este Divino Sacrificio es el milagro de los milagros, la maravilla de las maravillas. Su principal excelencia consiste en ser incomprensible a nuestra débil inteligencia. (San Leonardo)

Pero, ¿en qué consiste este milagro tan grande? Se manifiesta en realidades asombrosas como el poder del sacerdote, el milagro de la transubstanciación y la presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento. 

El poder del sacerdote

La voz del sacerdote tiene una fuerza prodigiosa. Es capaz de obligar al Hijo de Dios a bajar del Cielo a la tierra para hacerse presente en la Eucaristía cuantas veces celebre la Santa Misa. 

No importa qué tan santo o pecador sea el sacerdote que celebre la Eucaristía. Jesús obedece a su llamada para consagrar e inmolarse a la vez.

El milagro de la Transubstanciación

La Transubstanciación ocurre cuando el sacerdote pronuncia las palabras de Nuestro Señor en la Consagración. El pan y el vino dejan de ser pan y vino. Por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Hay un cambio de sustancia, aunque las apariencias externas se conservan. 

Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en la Eucaristía. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, san Juan Crisóstomo declara que:

No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas.

Y san Ambrosio:

La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía?

Nuestros ojos ven pan y vino, pero la fe nos enseña que allí están el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

La Presencia Real

En el Santísimo Sacramento, están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Concilio de Trento: DS 1651).

Esta presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la Consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies. Un dato asombroso que nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica es que Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no lo divide (CIC 1377).

De esta manera, Jesús quiso dejarnos un memorial del amor con que nos había amado «hasta el fin» (Jn 13,1), hasta el don de su vida en la Cruz. A través de su presencia eucarística, Él permanece misteriosamente en medio de nosotros.

Es cierto que no puedes ver a Jesús como lo hicieron su Madre Santísima y los Apóstoles. Pero también es cierto que Él está verdaderamente presente en la Eucaristía. Cuando dudes, sigue el consejo de San Cirilo de Alejandría:

No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Salvador, porque Él, que es la Verdad, no miente.

Anticipo del Cielo

La Santa Misa es un anticipo de la vida eterna, de ese momento en que la alegría de la contemplación de Dios será plena. En la Misa contemplamos a Jesús velado, con la esperanza de poder mirarlo a los ojos, tal como Él es. También la Iglesia nos enseña que por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo, que continuamente canta la gloria de Dios.

La Santa Misa es un banquete divino, en el que se celebran las bodas del Cordero. Cristo se desposa con cada alma que lo recibe en la Eucaristía:

¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!

En la plegaria eucarística suplicamos al Señor entrar en su Reino:

donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro.

Ángeles y santos se hacen presentes en la Santa Misa

En la Misa, el Cielo se hace presente en la tierra.  Desde la Santísima Trinidad hasta los ángeles y los santos participan en la celebración.

La Iglesia ofrece el Sacrificio Eucarístico en comunión con la Santísima Virgen María y haciendo memoria de ella, así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.

Nuestros ángeles de la guarda tienen una participación activa en la Santa Misa. Ellos llevan al altar del Cielo nuestros ofrecimientos y peticiones en el Ofertorio. En este momento debemos aprovechar para presentar al Señor todas nuestras penas, dolores, ilusiones y alegrías.  

Además, durante la Consagración ángeles, santos, la Virgen Purísima y almas bienaventuradas se unen a nosotros, adorando a la Santísima Trinidad. Cristo que se hace presente en el Santísimo Sacramento por obra del Espíritu Santo y para ser ofrecido al Padre Eterno. 

Imagina a la Santísima Virgen al pie del altar y a esos santos amigos de tu devoción personal. En cada Misa están verdaderamente allí. Aprovecha para suplicarles las gracias que necesitas. También recuerda que si tienes amigos o familiares que han partido y se encuentran en el Cielo puedes reencontrarte con ellos en cada Eucaristía. 

Muchas almas del purgatorio son liberadas en cada Misa

El Sacrificio Eucarístico es ofrecido no solo por nosotros, sino también por los fieles difuntos que «han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados» (Concilio de Trento: DS 1743). A través de la Misa, la Iglesia intercede para que estas almas puedan llegar pronto al Cielo.

Esta es una fe que ha acompañado a la Iglesia desde sus inicios. Santa Mónica, poco antes de su muerte, le rogó a su hijo San Agustín con estas palabras:

Enterrad (…) este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que os hallareis, os acordéis de mí ante el altar del Señor.

San Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV, ya explicaba el poder de la Eucaristía para los difuntos:

Creemos que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima presentamos a Cristo inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres.

En cada Misa, tenemos la oportunidad de ofrecer el Cuerpo y la Sangre de Cristo por nuestros seres queridos que han partido, sabiendo que este es el medio más eficaz para ayudarlos en su camino hacia el Cielo. Cada vez que vivimos la Santa Misa con devoción y comulgamos con fervor, podemos librar a un alma del purgatorio.

Es un sacrificio de acción de gracias

La Misa es un sacrificio de alabanza y de acción de gracias al Padre. La misma palabra «Eucaristía» significa, ante todo, acción de gracias. Es por ello que en la Eucaristía la Iglesia agradece a Dios por todos sus beneficios: por la creación, por todos sus beneficios, por la redención y la santificación.

Por medio de este Divino Sacrificio, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Este sacrificio de alabanza solo es posible gracias a Él, quien une a los fieles a su propia alabanza y su intercesión, para que nuestra ofrenda sea aceptada en Él.

Aplaca la ira de Dios

La Santa Misa es un sacrificio tan poderoso que actúa como la razón de la gran misericordia de Dios con el mundo. Al ofrecer al Padre la Hostia Inmaculada, el sacerdote presenta a la Inocencia misma, y el Señor, conmovido, detiene los castigos que nuestros pecados merecerían.  San Leonardo insiste:

La Misa es el sol que llena de alegría a la Iglesia, el arcoíris que apacigua las tempestades de la justicia divina y la columna poderosa que sostiene al mundo para que no sea destruido por sus iniquidades. Sin este don, la humanidad no podría subsistir.

Al contemplar las maravillas que ocurren en la Santa Misa deberíamos exclamar llenos de gozo con el salmista:

¡Señor qué admirable son tus obras!

Demos gracias a Dios por este don tan grande, por esta prueba de amor, por su infinita misericordia. Demos gracias a Jesús por salvarnos mediante su terrible Pasión, por haberse quedado con nosotros en la Eucaristía, por renovar su sacrificio en cada Misa. 

Recemos esta oración de San Juan Cristóstomo antes de que comience cada Misa en la que participemos, pidiendo la gracia de contemplar el rostro del Señor cuando Él quiera llamarnos:

A tomar parte en tu cena sacramental invítame hoy, Hijo de Dios: no revelaré a tus enemigos el misterio, no te te daré el beso de Judas; antes como el ladrón te reconozco y te suplico: ¡Acuérdate de mí, Señor, en tu reino!

¿Qué es la Misa?

La Santa Misa es la renovación del sacrificio de Cristo en la Cruz de manera incruenta. 

¿Quién inventó la Misa Católica?

La Santa Misa fue instituida por  Jesucristo y transmitida por los apóstoles. En la Última Cena, Jesús instituyó la Eucaristía al tomar el pan y el vino, y decir: “Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre… Hagan esto en memoria mía” (cf. Lc 22,19-20). Desde entonces, los apóstoles y la Iglesia primitiva comenzaron a celebrar este memorial siguiendo el mandato del Señor.

¿Quién celebra la Misa Católica?

La Misa católica es celebrada por el sacerdote, quien actúa en persona de Cristo y preside la comunidad reunida.

¿Cuál es la importancia de la Santa Misa?

La importancia de la Misa es inmensa por varias razones. Es el mismo sacrificio de la Cruz. En ella el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, quien se hace presente de forma verdadera, real y substancial. Cuando participamos vivimos un anticipo del Cielo. Y es fuente de gracia para nuestra salvación y crecimiento espiritual.